Domingo de Pentecostés

EVANGELIO según San Juan 20, 19-23

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, los discípulos tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, pues tenían miedo a los judíos. Entonces se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “”La Paz con vosotros””. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “”La Paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.”” Dicho esto, sopló y les dijo: “”Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos””.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN: 

“El viento sopla donde quiere”, dice Juan el Evangelista (Jn 3, 8) acogiendo la Palabra del Señor. El viento es el Espíritu Santo, el Paráclito, el “soplo” que llega del Hijo de Dios. Y ese “querer” obedece a los designios de Dios. Designios a los que nuestro entendimiento no alcanza, pues la mente (que lo intelectualiza todo) no puede acceder a lo insondable del ámbito del Espíritu. Por eso, el Espíritu Santo puede llegar a personas que jamás pensaríamos que pudieran ser tocadas por la ‘gracia’ de Dios. Por el contrario, quienes tienen fama social de ser personas (aparentemente) piadosas y con bondad de Dios, seguramente nos sorprenderíamos si no fueran ‘sopladas’ por el Espíritu Santo. Y esto ocurre. Sencillamente porque nuestros criterios, opiniones y juicios de valor no son los de Dios. Si la comunidad social tiene valoración positiva de alguien, eso no implica que Dios haga soplar su viento de espíritu salvífico sobre esa persona. Y lo contrario: se dilapidan socialmente a personas que es probable que sean verdaderamente gratos a los ojos de Dios. Y es que Dios nos mira con sus mejores ojos, pero de una forma que ignoramos. No mira quienes somos o cómo somos, sino que mira nuestro potencial, aquello que nosotros mismos desconocemos que poseemos, pero que Él sí conoce (muy bien, además), pues lo puso en lo profundo de cada uno de nuestros corazones, y que solo se pude manifestar cuando le entregamos nuestra voluntad personal. Sin condiciones. Entrega total. Con corazón limpio, contrito y humillado, como decía el Rey David en su Salmo 51. David traicionó la Ley de Dios mandando a la muerte a Urías para quedarse con su mujer, Betsabé, a la que David ya había alejado de la Ley. Pero, sin embargo, Dios fundó su Casa terrenal en el propio David. Y nuestro Señor proviene de esa Casa. Jacob traicionó la Ley de Dios deshonrando a su padre, destruyendo a su hermano Esaú, e incumpliendo la Ley de Moisés en mucho más. Sin embargo, Dios eligió a Jacob, que se cambió el nombre por el de Israel, para fundar el pueblo elegido. En aquellos tiempos, sus coetáneos no pocos criticaron a Jacob o a David como indignos (muy indignos) de Dios. Sin embargo, Dios los ungió para forjar su pueblo, el pueblo de Dios. Claro que sí: nuestros criterios no son los criterios de Dios, que bendice al corazón humillado, hace fuerte al que se siente débil, y premia con la grandeza de espíritu al humilde que se humilla ante Dios, al que reconoce su error ante el Creador y renace con el perdón. El Espíritu Santo corona la obra de Cristo-Jesús en nuestras vidas. Y es un Espíritu de Dios que elige sobre quien ‘soplar’ conforme a la Voluntad del Padre. No conforme a usos y costumbres o corrientes de opinión social. El entendimiento humano jamás podrá alcanzar el entendimiento de Dios. Pena de quien lo suplante. Pena.

«No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados.» (Lc 6, 37) 04 de Junio del año de Gracia de 2017

Antonio Martín Lupión. Diputado de Formación. Hermandad del Museo