Domingo 22º del Tiempo Ordinario

EVANGELIO según San Mateo 16, 21-27

“Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos; que le matarían y que resucitaría al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a responderle diciendo: “¡Ni se te ocurra, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: “”Quítate de mi vista, Satanás! ¡Sólo me sirves de escándalo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres!””. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “”Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le serviría al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles; y entonces pagará a cada uno según su conducta””.

Palabra del Señor 

REFLEXIÓN:

“...perfumas mi cabeza, mi copa rebosa…” se lee en el Salmo 23 que escribió el rey David. “””…Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz (copa)…” oraba nuestro Señor en el huerto de Getsemaní en el inicio de Su Pasión. La palabra ‘copa’ (cáliz, y sus sinónimos) de su origen arameo viene a significar “destino” en griego, la fundamental lengua de los Evangelios. Es el ‘destino’ sobre lo que reflexionamos. El destino como finalidad personal en la vida de cada cual. Muchas personas reniegan de su propio destino (de su suerte, de lo que les ha tocado vivir, de la posición que tienen en la sociedad, de lo que tienen, de lo que les falta, etcétera, etcétera), y entonces rechazan a Dios porque su protesta busca a un culpable (y casi nadie se ve en el propio espejo de la responsabilidad), y despotrican de lo divino (y de sus símbolos y de las personas consagradas a la vida en Dios) porque su ‘destino’ no creen merecerlo, no están conformes con su fatum (su destino), se revelan contra la vida (terrenal) que tienen. Otras personas, que igualmente no están conformes con su ‘copa’, su fatum, su destino, acuden a Dios como quien acude a un concesionario de coches. Buscan a Dios pero desde un escondido interés material, utilizan la idea de Dios como pretendido pasaporte hacia una prosperidad mejor. Esta es la realidad. Pero la realidad mundana, material, simple, y no otra cosa. Cristo-Jesús Resucitado nos exhorta a aceptar nuestra personal ‘copa’, nuestro propio cáliz: nuestro destino. Porque en eso consiste aceptar la Voluntad de Dios sobre nuestras existencias terrenales (tan efímeras). Pero la aceptación en términos del espíritu nada tiene que ver con el conformismo, pues eso termina casi siempre en indolencia, inacción, cuando no molicie. Dios nos quiere felices, plenos, vivos, actuantes. Entonces la ‘aceptación’ de la Voluntad de Dios requiere de un previo conocimiento tanto de uno mismo como de la Palabra de Dios. Un conocimiento tan profundo como verdadero. Ese doble conocimiento nos puede llevar a disponer de una mente que ‘comprende’ lo divino en nuestras vidas, en la de cada cual, en nuestros días, en nuestro entorno, con nuestras propias circunstancias personales, con nuestras capacidades, limitaciones, deseos. El filósofo Heráclito de Éfeso decía que “el destino es tu carácter”: toda una declaración que erradica identificar destino con determinismo, pues somos libres de configurar nuestro porvenir personal en la medida en que nuestros pensamientos configuran nuestros actos, y nuestros actos generan realidades. Y si nuestros pensamientos están basados en la Palabra de Dios entonces nuestros actos estarán bendecidos por el Padre, y en esa vida basada en el espíritu (no basada en lo mundano, lo aparente de la hoguera de las vanidades) es en la que se puede tener absoluta conciencia de Paz (en mayúscula). Esa Paz que emana de saberse actuante con Dios siempre en mente. Dios al que se accede siguiendo a Su Hijo, un seguimiento de cada cual con su propia Cruz sobre los hombros. Es entonces cuando no importa nada de lo mundano (pero nada). Es entonces cuando se acepta (porque se conoce) la Voluntad de Dios. Es entonces cuando la ‘copa’ de cada cual (y sea la que sea) rebosa con un espíritu de plenitud: porque la llena Dios, en el Camino de FE en la Palabra del Redentor.

«¿¡Qué es eso de si puedes!? ¡Todo es posible para quien cree!» (Mc 9, 23)

3 de Septiembre del año de Gracia de 2017 Antonio Martín Lupión. Diputado de Formación. Hermandad del Museo