En el paso aparece el Santísimo Cristo de la Expiración, acertadísima obra de Marcos Cabrera de 1575, en unas andas talladas en estilo neobarroco, iluminado con candelabros. Fue tallado por Fernández del Toro en 1940. Todo el conjunto es una meditación sobre la muerte salvadora de Jesús, sobre el sublime sacrificio que se repite en la eucaristía.
En el frontal de los respiraderos de este paso aparece el monograma JHS, con los clavos y la corona de espinas. Tradicionalmente se dice que el monograma significa Jesús Hombre Salvador, aunque algunos vinculan su origen a los primeros cristianos gentiles, que escribían el nombre de Jesús en griego (IHOY), utilizando las tres primeras letras como abreviatura. Latinizado el nombre, la letra sigma final se cambiaría por su equivalente (S), conservándose la eta por su parecido con la H latina. Obviamente el uso de los atributos pasionistas sobre el anagrama incide en la Pasión redentora de Cristo.
En la trasera de los respiraderos aparece el famoso pelícano eucarístico. Cuenta la creencia popular que esta ave se arranca las entrañas para dar de comer a sus crías, incluso que las resucita de esta forma cuando mueren. Por ello se hace trasunto del infinito amor de Cristo por la humanidad, por la que derrama su sangre y entrega su vida. También el pelícano aparece en uno de los cinco himnos eucarísticos que Santo Tomás de Aquino escribió con motivo de la institución de la festividad del Corpus Christi por el papa Urbano IV en 1264. Es el llamado Adorote Devote, que está incluido en el Misal Romano como oración de acción de gracias. Dice un fragmento del mismo:
Pie pellicane, Iesu Domine,
Me immundum munda tuo sanguine.
Cuius uina stilla salvum facere
Totum mundum quit ab omni scelere.
(Señor Jesús, Pelícano bueno, / límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, / de la que una sola gota puede liberar / de todos los crímenes al mundo entero.)
Ya en el canasto, y rodeado por la exuberante decoración de hojarasca barroca y frutas (símbolos de la abundancia de dones con la que Dios engrandece al Hombre a través del Hijo), destaca el escudo de la Archicofradía, descompuesto en sus cuatro principales motivos: al frente el escudo real de castillos, leones y la granada, con las borbónicas flores de lis en el centro. La corona real no figura directamente sobre el escudo sino, en un juego puramente barroquizante, formando parte de la crestería del paso. En los costeros aparecen las tres cruces en el Calvario, como enseña más antigua de la corporación, y las cinco cruces potenzadas que forman la cruz de la Orden de San Juan Jerusalén, a la que está agregada la Hermandad. Estos dos escudos laterales van escoltados por cuatro angelitos de Ortega Bru. En la trasera el escudo mercedario por la vinculación con el convento de la Merced desde los orígenes de la misma.
En las esquinas aparecen cuatro cartelas con escenas de la Pasión de Cristo talladas por Darío Fernández, representando la Oración en el Huerto, Coronación de Espinas, Calle de la Amargura y Santo Entierro. Son momentos que marcan respectivamente la agonía del Hombre, la burla y menosprecio hacia Cristo y su proclamación como rey, la profecía a las mujeres y la muerte previa a la gloriosa Resurrección.
Rodean el canasto ocho ángeles mancebos llorosos, obras maestras de Francisco Buiza de 1971, a cuyos pies aparece una filacteria de tonos rosados en las que, en letras doradas, pueden leerse fragmentos del Gradual de la Misa en Coena Domini del Jueves Santo que dice:
Christus factus est pro nobis,
obediens usque ad mortem;
mortem autem crucis,
propter quod et Deus exaltavít
illum et dedit illi nomen,
quod est super omne nomen.
(Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre.)
Se remata el canasto con los cuatro portentosos evangelistas atribuidos a Ruiz Gijón, Estas tallas se giran en complicados contrapostos y elevan sus miradas a 1o alto, mientras reciben la inspiración del Espíritu Santo para redactar el momento de la Expiración de Cristo en la Cruz. San Mateo se nos presenta con su símbolo iconográfico: el hombre. En este caso se trata de un angelito que sirve de atril sobre el que se sujeta el libro en el que escribe. Su evangelio comienza con la genealogía de Cristo, esto es, con los antepasados del Hombre. El que fuese apóstol directo de Jesús, recaudador de impuestos, escribe en su libro: «Sine videamus an veniat Elias Liberans eum Jesus antem iterum clamans voce magna emisit Spiritum cpt 26», que corresponde al capítulo 27, versículo 49 de Mateo «Deja que veamos si viene Elías a salvarle. Jesús, gritando de nuevo con gran voz, entregó su espíritu». Su precedente inmediato lo tenemos en las colosales esculturas que José de Arce talló en 1657 en piedra para la parroquia del Sagrario, donde el ángel también sirve de atril al Evangelista.
Un león sirve de escabel a San Marcos como símbolo, ya que las primeras líneas de su evangelio hablan de «la voz que clama en el desierto» refiriéndose al Bautista. Al igual que los otros tres, luce unos magníficos estofados en sus vestimentas. En el libro que sostiene aparece «sinite videa=mus si veniat Elias ad depo=nendum cum Jesus autem emissa voce magna expiravit cpt 14». Son los versículos 36 y 37 del capítulo quince del evangelio de San Marcos: «Vamos a ver si viene Elías a bajarlo. Entonces Jesús, dando una gran voz, expiró».
San Lucas aparece apoyado en su toro o buey, animal propicio para el sacrificio como el realizado por Zacarías al principio de su evangelio. El santo médico amigo de Pedro y Pablo es el único del Museo que no lleva libro, sino una hoja grande y apaisada en la que se lee: «Et obscuratus est sol: et Veli templi scissum est medium, Et clamans voce magna Jesus ait: Pater in manus tuas comendo Spirtum meum capf-23». El versículo 46 del capítulo 23 de su evangelio que puede traducirse como «y Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», y que debería completarse con: «et aec dicens, expiravit», «y diciendo esto expiró», pero el artista consideraría la cita excesivamente extensa y que con el versículo anterior quedaba suficientemente clara la muerte de Jesús.
Por último el casi imberbe San Juan, el más joven de los apóstoles, el Discípulo Amado, tiene un águila como soporte para su evangelio, ya que el suyo es el texto más elevado de los cuatro. En el libro puede leerse: cap. 19». Es el versículo 30 del capítulo 19: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Todo está cumplido. E, inclinando la cabeza, entregó su espíritu».
Los evangelistas del Museo escriben, como vemos, el momento en que Cristo expira su último aliento, mientras contemplan la escena. Es por esto, y por la perfecta terminación de las partes traseras, por lo que alguno sugiere que en el paso que realizase para la Hermandad Ruiz Gijón, desgraciadamente desaparecido, pudiesen ir mirando al Cristo en lugar de hacerlo hacia el exterior. Actualmente de ellos parten los cuatro grandes candelabros de guardabrisas que iluminan al Señor Expirante, simbolizando la luz del evangelio. Es el gran tetramorfos del Museo que convierte al Crucificado en el Pantocrator sevillano, desde donde, con estos símbolos, está diciendo que Él es la luz del mundo.
La imponente figura de Jesús, contorsionada por la falta de oxígeno en sus pulmones, puede tener su origen en un dibujo que el gran Miguel Ángel hizo para su amiga Vittoria Colonna, en el que también se basa una pintura atribuida por algunos al propio maestro florentino o a algún discípulo que se conserva en la catedral de Logroño. Ambos muestran la diferencia de la mirada, que en el caso sevillano se eleva a la izquierda sin la frontalidad del dibujo migueIangelesco. También utilizó este dibujo posiblemente el Greco en varios cuadros, destacando el del museo del Louvre. Dos artistas diferentes pero imbuidos en la comente manierista. En la obra de Marcos Cabrera, no obstante, se aprecia más el llamado desnudo hem/.co del que fue máximo exponente Miguel Ángel, Se presenta a Cristo poderoso en su agonía, sin aliento. Fijo al madero con tres clavos, con corona de espinas que sujeta un cabello humedecido por el sudor. Este cabello data de la restauración del siglo XVII, ya que antes lo lucía natural, posiblemente con corona de espinas de algún metal noble, normalmente plata, trasmutando el elemento de tortura en corona de gloria.
Sobre la cabeza luce tres potencias de oro. El origen de las potencias hay que buscarlo en los iconos bizantinos de Cristo, representados con una cruz griega (cuatro brazos iguales) tras la cabeza, quedando por tanto oculto uno. Su nombre proviene del mundo clásico: Aristóteles habla de las cinco potencias del alma, siendo tres las intelectivas. Son la memoria, el entendimiento y la voluntad. En la Edad Media son adoptadas estas teorías filosóficas por santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, Cristo, por ser Hombre, tenía estas potencias, pero muy desarrolladas al ser Hijo de Dios y por tanto se convirtieron, a partir del barroco, en símbolo de Jesús.
El perizoma que cubre las caderas de Cristo fue añadido por Manuel Gutiérrez Reyes-Cano en 1895 para sustituir al anterior que era de tejido natural y que, por lo que se aprecia en antiguas fotografías, también se anudaba a la derecha dejando caer una larga moña. Posiblemente la imagen tuviese uno muy sucinto realizado por Marcos Cabrera al modo del que luce el modelo de Miguel Ángel.